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Decía Carl Rogers…

“Me gustaría transmitirles algunas de las cosas que he aprendido en los miles de horas que empleé trabajando en contacto íntimo con individuos que sufren.

Quisiera aclarar que se trata de enseñanzas que han sido significativas para mí. No sé si serán lo mismo para ustedes ni tampoco deseo proponerlas como guía para otros. Sin embargo, he aprendido que toda vez que una persona se mostró deseosa de comunicarme algo acerca de sus tendencias internas, esto me ha resultado útil, aunque sólo fuese para advertir que las mías son diferentes.

En mi relación con las personas he aprendido que, en definitiva, no me resulta beneficioso comportarme como si yo fuera distinto de lo que soy: no es útil tratar de aparentar, ni actuar exteriormente de cierta manera cuando en lo profundo de mí mismo siento algo muy diferente.

Nada de esto me ayuda a lograr relaciones positivas con individuos. Pienso que la mayoría de los errores que cometo en mis relaciones personales -es decir, la mayor parte de los casos en que no soy útil a otros individuos- pueden explicarse por el hecho de que, a causa de una actitud defensiva, me comporto de una manera superficial y opuesta a mis verdaderos sentimientos.

Soy más eficaz cuando puedo escucharme con tolerancia y ser yo mismo.

Otro resultado que parece surgir del hecho de aceptarse tal como uno es consiste en que sólo entonces las relaciones se tornan reales. Las relaciones reales son atractivas por ser vitales y significativas.

He descubierto el enorme valor de permitirme comprender a otra persona. Muy pocas veces nos permitimos comprender exactamente lo que su afirmación significa para el (otro). Pienso que esto se debe a que comprender es arriesgado. Si me permito comprender realmente a una persona, tal comprensión podría modificarme, y todos experimentamos temor ante el cambio”.

A continuación expondré algunas otras enseñanzas que no se refieren a las relaciones entre los individuos, sino a mis propias acciones y valores.

Puedo confiar en mi experiencia.

Cuando sentimos que una determinada actividad es valiosa, efectivamente vale la pena. Dicho de otra manera, he aprendido que mi percepción de una situación como organismo total es más fidedigna que mi intelecto. No me cabe duda de su falibilidad, pero la creo menos falible que mi mente cuando ésta opera de manera aislada.

Con esta enseñanza se relaciona estrechamente el siguiente corolario: La evaluación de los demás no es una guía para mí. Aunque los juicios ajenos merezcan ser escuchados y considerados por lo que son, nunca pueden servirme de guía.

Mi experiencia es mi única autoridad. Nadie tiene tanta autoridad como ella, ni siquiera las ideas ajenas ni mis ideas propias. Mi experiencia no es confiable porque sea infalible. Su autoridad surge de que siempre puede ser controlada mediante nuevos recursos primarios. De este modo, sus frecuentes errores pueden ser siempre corregidos.

Gozo al encontrar armonía en la experiencia. De esta manera he llegado a encarar la investigación científica y la elaboración de teorías como procesos orientados hacia el ordenamiento interno de la experiencia significativa. En oportunidades anteriores llevé a cabo mis investigaciones por otras causas. Estos errores de apreciación, que se tradujeron en actitudes incorrectas, sólo han servido para convencerme aún más de que la única razón sólida para desarrollar actividades científicas es la necesidad de descubrir el significado de las cosas.

Los hechos no son hostiles. Cada prueba o dato que se pueda lograr, en cualquier especialidad, nos permite acercarnos más a la verdad, y la proximidad a la verdad nunca puede ser dañina, peligrosa ni insatisfactoria.

Aquello que es más personal es lo que resulta más general. Invariablemente descubrí que aquellos sentimientos que me parecían íntimos y personales, y en consecuencia más incomprensibles para los demás, lograban hallar resonancia en muchas otras personas.

La experiencia me ha enseñado que las personas se orientan en una dirección básicamente positiva. Cuando puedo comprender empáticamente los sentimientos que (mis clientes) expresan y soy capaz de aceptarlos como personas que ejercen su derecho a ser diferentes, descubro que tienden a moverse en ciertas direcciones.

Las palabras que, a mi juicio, las describen de manera más adecuada son: positivo, constructivo, movimiento hacia la autorrealización, maduración, desarrollo de su socialización. Cuanto más comprendido y aceptado se siente un individuo, más fácil le resulta abandonar los mecanismos de defensa con que ha encarado la vida hasta ese momento y comenzar a avanzar hacia su propia maduración.

La vida, en su óptima expresión, es un proceso dinámico y cambiante, en el que nada está congelado. La vida es orientada por una comprensión e interpretación de mi experiencia constantemente cambiante.

Sólo puedo intentar vivir de acuerdo con mi interpretación del sentido de mi experiencia, y tratar de conceder a otros el permiso y la libertad de desarrollar su propia libertad interna, y en consecuencia, su propia interpretación de su experiencia personal.

Si la verdad existe, la convergencia hacia ella estará determinada, a mi juicio, por este proceso de búsqueda libre e individual; en un sentido limitado, esto también forma parte de mi experiencia.


Carl R. Rogers:
(1902-1987) Fue uno de los pioneros de la psicología humanista, interesándose en la evolución del ser humano y confiando cada vez más en las posibilidades innatas de su crecimiento interior.

Bibliografía: Carl R. Rogers, El proceso de convertirse en persona, Ed. Paidós

Silvia Paglioni
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