¿Amores Virtuales?
por Lila Bonet

Cuando creamos vínculos electrónicos de carácter particular con desconocidos distantes, nada más hacemos que un simple ejercicio de retórica, pues en realidad no somos más que una hipótesis, el prólogo de nosotros mismos, el preámbulo de la realidad tangible.
Nacemos, crecemos y vivimos el uno sin el otro, y nos guste o no, así es y será. Por eso, aunque permitamos que la esperanza viaje libremente por los canales electrónicos, en las relaciones virtuales siempre debemos ser prudentes, pragmáticos y exigentes.
En la red debemos exigir el pasto cortado, las hormigas catalogadas, los árboles centenarios, el derecho de poder deshojar los pétalos de Internet uno a uno, letra por letra, sin el riesgo de que seamos engañados por el primer impostor disfrazado de Apolo o de Venus que nos diga ¡hola! desde el otro lado de la pantalla.
Usando el teclado como aguja y las palabras como hilo, debemos bordar una autopista cibernética sin esquinas ni atajos, que nos conduzca a un puerto marítimo cuyo cielo esté repleto de gritos de alegría y navegado por gaviotas idílicas, y en el cual podamos amarrar y escribir sin recelo nuestra dirección electrónica, y aceptar sin temor la invitación de nuestra imaginación para tomar un aperitivo hecho de vino lleno de preguntas y de distancia hueca de respuestas.
Está determinado en el guión de la opereta internáutica que somos los actores principales y los únicos espectadores del juego del hagamos-de-cuenta.
Cada uno en su lecho y cada cama en su mundo, y en el medio la certeza de que en uno de los lechos habitará una presencia eléctrica y desamparada, y en el otro un perfume ecléctico y solitario, y en ambos, una perplejidad hermafrodita agonizando de tanto esperar, cansada de saber que nunca se transformará en realidad.
Imposible es el apodo, el nombre y el apellido del juego virtual, que se vale de la impunidad como bastón para mantenernos erectos dentro de esa red de punto de cruz en la cual los vacíos importan más que sus propios límites.
Nuestros papeles en la trama están más que bien delineados. Somos fotógrafos de ilusiones descartables, fabricantes de esperanzas infundadas, prestidigitadores de emociones tridimensionales, ventrílocuos de frases hechas, vendedores de sueños portátiles, mercaderes de falsas realidades.
Sí, Realidad: esa es la materia prima que en el territorio del idilio virtual se desconoce por completo. Y sin ella los sexos no se tocan ni los ojos se dilatan ni la piel responde a la caricia ni la boca tiembla mientras espera el beso.
Ese es el territorio que compartimos en este micromundo de impulsos eléctricos, y es fundamental que conozcamos el ámbito de la fantasia, así como sus fronteras inviolables, pues apenas dentro de ellas podremos cristalizar la imagen del otro, sus gestos y sabores, sus juramentos y promesas.
Nada más debemos esperar ni proponer. Nada nada más. Que no es poco, ni es todo. Es tan sólo el mundo del tal vez, en la galaxia del casi, en el universo del más o menos.
Alejarse de ese principio es una invitación para el tropezón en la cáscara de banana que la virtualidad arroja a nuestros pies, pero - he aquí el gran PERO si conociendo los peligros aún así intentamos transformar electricidad en realidad, aceptando el riesgo como quien juega en la Bolsa de Valores, debemos saber que los dolores del tropiezo virtual serán muy pero que muy reales, y que ante la falta de un botón mental para borrarlos de nuestra memoria, apenas el Tiempo, en su caminar vagarosamente exasperante, podrá eliminarlos de la Base de Datos de nuestro registro sensitivo.
Esas son las reglas del juego y sus alternativas. Que cada uno elija su camino y asuma las consecuencias de su opción.
“QUE ME PALPEN DE ARMAS”
Por Oscar Martinez- Actor Argentino
Creo en el amor como en la experiencia más maravillosa de la existencia, como generador de toda clase de alegrías. Y en el amor correspondido, como la felicidad misma.
Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer. Porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.
Cada día, entonces, todavía es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía.
La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto.
La vida, por tanto, no me ha endurecido, ese sea tal vez mi mayor logro.
Que me palpen de armas. Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera…
Pero no me es fácil, me cuesta vivir a contratiempo, con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo. Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet. Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella.
Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo, en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida. El pavoneo de la insensatez. El triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del “sálvese quien pueda”. La práctica y la prédica del desamor y de la histeria.
Me descorazona la idiotez colectiva. La idealización de lo superfluo. El asesinato de la inocencia.
El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.
Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso, escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio desde el cual el mundo se observa como una bolita chiquita, terminará diciéndonos: “Besen a sus hijos”
Escuchemos a esos hombres, sigámoslos.
Leamos a los poetas, no permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo; al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje, mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad; siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida, que la ferocidad no nos pueda el alma. Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.
Besemos a los que amamos. Amémonos